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El toro bravo que cayó al vacío

 En un pequeño pueblo rodeado de montañas, había un toro al que todos conocían como Trueno.


Era enorme, fuerte y tenía unos cuernos que parecían capaces de partir un árbol.


Desde que era pequeño había sido diferente a los demás animales. No permitía que nadie se acercara. Cuando escuchaba pasos, golpeaba el suelo con sus patas y levantaba la cabeza desafiando a cualquiera que se atreviera a entrar en su territorio.


Los habitantes del pueblo le tenían miedo.


—Ese animal algún día va a causar una tragedia —decían.


Pero había una persona que no le tenía miedo.


Era Li Wei, un joven campesino de apenas veinte años que había crecido cuidando aquel toro.


Su padre había comprado a Trueno cuando todavía era un ternero.


—Algún día será el toro más fuerte de toda la región —le decía.


Pero el padre de Li Wei murió cuando él todavía era un niño.


Desde entonces, Trueno se convirtió en algo más que un animal para él.


Era el último recuerdo que tenía de su padre.


Cada mañana, Li Wei llevaba comida al campo y se sentaba a unos metros del toro.


Nunca intentaba tocarlo.


Solo hablaba con él.


—Papá decía que eras especial —le decía sonriendo—. Yo también lo creo.


Con los años, Trueno llegó a ser un toro enorme.


Y también se volvió cada vez más bravo.


Un día, un comerciante llegó al pueblo y ofreció una cantidad de dinero que nadie había visto jamás por el animal.


—Me llevaré ese toro —dijo—. Pagaré el doble de lo que vale.


Li Wei negó con la cabeza.


—No está en venta.


El comerciante se burló.


—¿Rechazas todo ese dinero por un animal?


—No es solamente un animal.


El hombre se marchó furioso.


Pero aquella misma noche ocurrió algo extraño.


Trueno rompió la cerca y escapó.


Li Wei salió corriendo detrás de él.


—¡Trueno!


El toro corrió hacia las montañas.


Li Wei lo siguió sin pensar.


La lluvia había comenzado a caer y el camino estaba cada vez más resbaladizo.


De repente, Trueno se detuvo frente a un enorme precipicio.


Al otro lado se escuchaba el ruido de un río.


Li Wei se acercó lentamente.


—Tranquilo…


Pero el toro estaba alterado.


Miraba hacia abajo y golpeaba el suelo con sus patas.


Entonces Li Wei escuchó algo.


Un sonido débil.


Parecía el llanto de una persona.


Miró hacia el borde del precipicio.


Abajo, entre unas rocas, había una niña atrapada.


—¡Ayuda! —gritó ella.


Li Wei se quedó paralizado.


La niña había caído por una pendiente y no podía subir.


Trueno comenzó a acercarse al borde.


—¡No!


Li Wei intentó detenerlo.


Pero el toro siguió avanzando.


Entonces ocurrió algo increíble.


Trueno se acostó cerca del borde del precipicio.


La niña, al verlo, comenzó a llorar.


Li Wei comprendió lo que estaba intentando hacer.


Se quitó una cuerda que llevaba en la cintura y la ató al cuerpo del toro.


—Aguanta, Trueno.


Li Wei comenzó a descender.


Poco a poco llegó hasta la niña.


La sujetó y la amarró a la cuerda.


—¡Tiren! —gritó.


Arriba, varias personas del pueblo habían llegado y comenzaron a tirar.


Primero subieron a la niña.


Después intentaron sacar a Li Wei.


Pero entonces la tierra comenzó a desprenderse.


Trueno perdió el equilibrio.


Sus patas delanteras resbalaron.


—¡TRUENO!


El toro cayó.


Durante unos segundos quedó suspendido en el aire, sostenido únicamente por la cuerda.


Li Wei gritaba desesperadamente.


—¡No lo suelten!


Pero la cuerda comenzó a romperse.


Uno de los hombres gritó:


—¡Se va a caer!


Y finalmente…


la cuerda se rompió.


Trueno cayó al vacío.


Li Wei quedó completamente destrozado.


Corrió hasta el borde y gritó su nombre una y otra vez.


—¡TRUENO!


No hubo respuesta.


Solo se escuchó el ruido del río en el fondo del barranco.


Li Wei bajó hasta el lugar donde había caído.


La lluvia continuaba cayendo.


Cuando llegó abajo, encontró al toro inmóvil.


Se arrodilló junto a él y comenzó a llorar.


—Perdóname…


Pero entonces vio algo.


Trueno todavía respiraba.


Muy débilmente.


Li Wei gritó pidiendo ayuda.


Los habitantes del pueblo bajaron con cuerdas y, después de varias horas, lograron sacar al animal.


Trueno sobrevivió.


Sin embargo, nunca volvió a ser el mismo.


Una de sus patas quedó gravemente herida y ya no podía correr.


El comerciante regresó unos días después.


Miró al toro y dijo:


—Ahora vale muy poco.


Li Wei lo miró fijamente.


—Nunca estuvo en venta.


Pasaron los años.


Li Wei continuó cuidando a Trueno hasta el final de sus días.


La niña que había salvado aquel día también creció.


Cada año regresaba al pueblo para visitar a Li Wei.


Una tarde, ya siendo adulta, llevó flores y se arrodilló frente al viejo toro.


—Si él no hubiera estado allí aquel día, yo no estaría viva.


Li Wei sonrió.


—Mi padre decía que los animales entienden cosas que nosotros no podemos entender.


La mujer acarició suavemente la cabeza de Trueno.


Y por primera vez en toda su vida, aquel toro bravo permitió que alguien tocara sus cuernos.


Poco después, Trueno murió tranquilamente bajo el mismo árbol donde Li Wei solía sentarse a hablar con él.


El joven enterró al toro junto a la tumba de su padre.


Y colocó una pequeña piedra con una frase:


“Aquí descansan dos héroes: uno me enseñó a amar y el otro me enseñó que incluso el corazón más bravo puede sacrificarse por alguien.”


Desde aquel día, nadie volvió a llamar a Trueno un toro peligroso.


En aquel pueblo todos comenzaron a llamarlo de otra manera:


El toro que cayó al vacío para salvar una vida.

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